14 septiembre 2010

Mar de plástico

He viajado por la zona sur de España. He visto el llamado "mar de plástico"...
En el litoral de Almería se extiende un inmenso “mar de plásticos” cuyo brillo, al reflejarse el Sol, puede ser observado desde nuestra Luna. A este impresionante mar, le llaman la “huerta de Europa”, 20.000 hectáreas de invernaderos que bajo los plásticos alberga tales condiciones de crecimiento que es capaz de generar, todos los días del año, 400 camiones frutas y verduras.






Este peculiar control del clima, convirtió a una de las regiones más áridas y pobres de España en una de las más ricas de Europa, sin duda un verdadero milagro económico, pero con un coste medioambiental impagable. El mar de plástico se ha bebido los acuíferos y devorado las playas para alimentar el suelo de sus invernaderos; ha ocupado ramblas y cauces; ha subido por los montes a más de 400 m de altura y enterrado toneladas plásticos y residuos orgánicos, que siguen supurando pesticidas y abonos bajo la tierra de todos.

En los años 50, los antiguos alpujarreños almerienses por fin aprendieron el modo de arrancarle a la reseca estepa del Poniente tres cosechas al año. Con estacas y plásticos armaron cuatro invernaderos, que hoy se cuentan por miles. La tierra se cubrió con arena sustraída de las playas, única forma posible de aprovechar las salobres aguas de los acuíferos, manantiales subterráneos de los que bebe la provincia. El clima, el sol y el viento amables del sur, hicieron el resto.

Hoy la huerta de Europa crece bajo un laberinto de plásticos y Almería ha dejado de ser la tierra mísera que fuera antes de los invernaderos, una árida estepa mediterránea de artos y arbustos bajo cuyo paraguas de sombra se refugiaba la vida. Casi nada queda de la estepa ni de los artos; del endémico parral sólo se adivina la silueta en la estructura de los invernaderos más viejos. Un verdadero milagro económico, sin duda, pero con un coste medioambiental impagable. El mar de plástico se ha bebido los acuíferos y devorado las playas para alimentar el suelo de sus invernaderos; ha ocupado ramblas y cauces; ha subido por los montes a más de 400 m de altura y enterrado toneladas de plásticos y residuos orgánicos, que siguen supurando pesticidas y abonos bajo la tierra.

Ismael

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