29 enero 2010

Abejas africanas


Mi situación actual me obliga a permanecer muchas horas en mi habitación. Tiene un tamaño mediano. Sentado frente a mi mesa, con un ordenador, impresora, folios, discos y… poco orden, permanezco la mayor parte del día. A mi derecha una puerta que sale a una pequeña terraza del quinto piso. Tras de mi, toda la pared ocupada por una estantería llena de libros, trofeos deportivos, adornos y, una de mis pasiones, cactus de diferentes tamaños. Actualmente el más grande mide unos dos metros y medio de altura y lleva varios años en vida latente. El más pequeño mide unos 5 centímetros.


Este diminuto es un hijo del cactus grande que ha comenzado a crecer hace unos meses, cuando pensábamos que la planta estaba muerta. En el suelo hay un cactus que se ha reproducido llenando todo el tiesto. Ha crecido con tal velocidad que parece un ser diabólico lleno de tentáculos finos. Se parece a la barba del capitán Barbosa (Piratas del caribe).


Hace dos semanas, apareció una abeja en la cortina de la ventana. Nada preocupante para cualquiera, pero muy preocupante para mí, por ser alérgico a su veneno. Era una abeja grande, muy ruidosa. Ante la imposibilidad de elegir entre su vida y la mía, el spray de insecticida puso orden… y se restableció la paz. El fenómeno no es extraño, pero sí lo es en la época en que estamos, enero y con bajísimas temperaturas.


Al día siguiente… dos abejas más sobre la cortina. De nuevo el insecticida resuelve la situación. Pero se abren varios interrogantes: ¿tres abejas en pleno invierno?, ¿de dónde salen?


Una mañana, según estoy leyendo, sobre mi cabeza un tremendo zumbido, hacia la ventana. Otra enorme abeja… para no herir los sentimientos de quien esto lee, omito el final de este nuevo episodio.


Al día siguiente, al levantarme, dos compañeras más. A media mañana otras dos o tres. El final, el mismo.


Preocupados ya, comenzamos a elucubrar sobre la procedencia de los insectos… cuyo número sigue en aumento, ahora ocho o diez todos los días, de enorme tamaño. La habitación permanece siempre cerrada y con atmósfera de alta concentración de insecticida. De seguir así, si ellas no mueren… yo sí, envenenado como vulgar volátil (no por el peso, jeje)


En días sucesivos seguimos con una media de diez abejas diarias, que aparecen detrás de mi y se van hacia la ventana. Esto no puede seguir así, es peligroso por la posibilidad que tengo se sufrir un shock anafiláctico. Me da miedo permanecer en la habitación.


Decidimos poner fina al asunto. Ayudado por mi mujer y los chicos, movemos todos los libros (recientemente ordenados) a pesar de saber que era imposible que hubiera algo entre ellos. Nada. Yo… con el chandal y las zapatillas de correr, por si acaso.


Abrimos la cajonera de la persiana, nada. El agujero en el que se inserta la cinta de subir y bajar la persiana, nada. Coloco silicona para tapar todos los resquicios de la habitación, pero las abejas siguen saliendo.


Por eliminación sólo quedaban dos opciones: brujería (poco probable a pesar de que alguna vecina pueda parecerlo) o… mis queridos cactus.


Al iniciar la investigación, el cactus con aspecto diabólico parecía brillar. ¡A por él! Pero a su lado había uno casi esférico, de tiesto de unos 15 cm de altura que, al ser analizado con meticulosidad , presentaba en la base del cactus dos agujeros de medio centímetro, perfectos…¡Aquí están! Pensamos.


Al informarnos entre la familia, todos decían que era imposible, que las abejas no anidan bajo tierra sino en panales de miel. Google no dice que entre nosotros están las llamadas abajas africanas, mas grandes, diferentes a las de aquí y que sí anidan bajo tierra.


He terminado con un spray de insecticida. Compramos dos más, enormes.


Sometemos al tiesto a un tratamiento de choque: coloco sobre él una bolsa de plástico transparente…. Y a esperar. No pasa nada. Sólo que el cactus se convierte en el centro de atención de la casa, superando a la tele, al baño…pero nada.


Una noche, al volver de correr unos kilómetros por la ciudad, salen todos a recibirme (las abejas no).

- ¡¡Sorpresa!! ¡¡Sorpresa!!


Me quedo intrigado:


- ¿Nos ha tocado la lotería? ¡si no habíamos comprado! ¿Algún futuro sobrino? ¿El programa de la Gemio en la tele? ¿El gobierno ha hecho algo?...

- Ven , mira.


¡Dos abejas volaban tranquilamente bajo la bolsa de plástico que cubría el cactus!


Por fin conocíamos su lugar de residencia… menos mal.


Tratamiento seguido (si eres sensible, salta este párrafo): Con mucho cuidado, sin quitarme las zapatillas de correr, corto un poco de plástico. Al lado la grapadora preparada, no para golpearlas sino para cerrar el agujero. A través de este , inyecto una sobredosis de insecticida. Sin decir ni mú (menos mal ya que si lo hubieran dicho sospecharíamos que eran vacas) pasaron a menor vida.


Como ya era de noche, no era momento de someter a autopsia al pobre cactus. Lo ponemos en la calle (-5 ºC) con la bolsa de plástico y completamente sumergido en agua. Así va a permanecer durante unas 24 horas.


Las abejas no han vuelto a aparecer, ¡qué descanso y alegría!


Arrancamos el cactus y todas las raíces aparecen rodeadas de túneles perfectamente cilíndricos en los que hay una especie de cigarrillos construidos con hojas vegetales. Cada centímetro más o menos, el cigarrillo presenta unas discontinuidades, a modo de cáspulas, el espacio correspondiente a cada uno de los insectos en desarrollo. Aparecen muchas cápsulas vacías, las que han abandonado los insectos que fueron gaseados en la habitación.


Guardamos estas cápsulas con agua dentro de una bolsa de plástico y al día siguiente algunas abejas estaban vivas…


Pues… parece que finalmente se resolvió el problema. Para mí ha llegado a ser preocupante. He tenido miedo a sufrir alguna picadura o a morir envenenado por la atmósfera insecticida de la habitación.


En total han salido unas sesenta abejas africanas. Hemos gastado casi dos sprays de insecticida y he pasado por el cuchillo al cactus para ver sus interioridades. ¡Pobre!, con lo que le costó crecer.


Hemos descansado, el problema ha desaparecido. Por fin puedo estar tranquilo en mi habitación, sin preocupaciones.



Ppsssssssssss, ppssssssss...


Me doy la vuelta para localizar al autor de la onomatopeya (armonia imitativa, para los cultos) y veo a una abeja que pasa junto a mi cabeza como un helicóptero…


Acabo de hacerme una foto:


Ismael

1 comentario:

Anónimo dijo...

la muerte para las avispas!!