27 julio 2011

Más hombres que peces

Situado en la región malí de Gao, el pequeño Lago Antogo es considerado sagrado por la etnia Dogón. La pesca está prohibida en sus aguas; la presencia de las mujeres en sus inmediaciones, también. Sólo un día al año, en plena época seca, cuando la crudeza del clima y la falta de precipitaciones amenazan con despojarlo por completo del líquido elemento, cuando parece que está dando sus últimos estertores, cientos de dogones procedentes de todos los rincones del país se concentran en sus márgenes y esperan ansiosos bajo un sol abrasador a que el chamán del pueblo de Bamba termine de pronunciar unos cánticos ancestrales y obtenga el beneplácito de los dioses para lanzarse al agua masivamente y dar forma y color a un espectáculo único en el mundo:



En unos segundos, Antogo se llena de cientos, quizá miles, de pescadores equipados únicamente con unas cestas que sumergen frenéticamente para conseguir tantas capturas como sea posible. El lago, que el resto del año permanece como un remanso de paz y tranquilidad, pasa a ser tomado por una multitud enfervorizada de padres de familia, ancianos e incluso niños que luchan a brazo partido por extraer los preciados recursos del agua.

Cuenta la leyenda que el lago fue descubierto hace mucho, mucho tiempo, por una joven de Bamba, que tras comprobar la gran cantidad de peces que poblaban sus aguas, le contó la buena nueva a su hermana, que residía en el cercano poblado de Yanda. Ésta última compartió la ubicación de Antogo con su marido, que rápidamente reclamó la propiedad de dichas aguas. Tal decisión disgustó sobremanera al padre de las chicas, que consideraba que el lago pertenecía a su gente, por lo que se inició una guerra entre ambas tribus de la que, finalmente, salió vencedora Bamba.

Bajo un cielo azul en el que no se atisba una sola nube y con una temperatura cercana a los 50ºC, la turba dispone únicamente de 30 minutos para llenar la canastilla. Pasado ese tiempo, un disparo marca el final del ritual. Los ávidos pescadores son conminados a salir del agua y, uno tras otro, van entregando su botín al mayor de los habitantes de Bamba, que posteriormente se encarga de distribuir los peces de manera equitativa entre los pueblos dogones.


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